AMIGOS DEL BLOG:
Ayer, día 18 y en compañía de mi colega-escritor y sin embargo amigo Hatoros visité el bar de copas Bukowski, en la calle San Vicente Ferrer y tuve la fortuna de leer uno de mis relatos (Blancas, amarillas y moradas)ante un público amante de la literatura, la noche y las copas. Fué sin duda una nueva y reconfortante experiencia que enriquece y aumenta aún más, si cabe, mi amor por la escritura. Allí conocí a otros escritores/as noveles y tomé contacto con una revista literaria por internet que me propuso colaboración.Entre humo, aplausos y mucho, mucho buen rollo, pasé cuatro horas felices. Repetiré. Seguro. Hasta pronto.
lunes, 19 de octubre de 2009
domingo, 4 de octubre de 2009
CUENTO PARA ADRIANA
Federico Fayerman
Treinta de mayo de 2009
Hace muchos años vivía en Madrid una niña que respondía al nombre de Esther. Era tan guapa, que su madre siempre le decía, que el sol brotaba todas las mañanas solo para ver su sonrisa y la luna todas las noches para vigilar su sueño.
La pequeña Esther creció rodeada de felicidad; estudió, trabajó, y cuando fue mayor se enamoró, se casó y tuvo dos hijos. Y una noche, cuando era un poquito más mayor, se le apareció en sueños un mago.
El mago le dijo a Esther que se llamaba Mirro.
Mirro no era un mago cualquiera. Era el dios de los magos, el más mágico de todos los magos del universo. Y Mirro le ofreció a Esther elegir tres deseos, fueran los que fueran, dinero, casas, coches, joyas… Lo que quisiera.
Entonces Esther le dijo que no ambicionaba dinero, ni casas, ni coches ni joyas, y le pidió al mago Mirro, que era el mago más mágico de todos los magos del universo, sus tres deseos:
Una niña que se llamara Adriana.
Que el sol acudiera a su ventana cada día para verla despertar.
Y que la luna se alzara en el firmamento cada noche para velar su sueño.
Y así sucedió. Unos meses después, cuando hacía mucho, mucho calor en Madrid, el mago Mirro cumplió lo prometido.
Con todo mi cariño, para Esther de la Oz.
Federico Fayerman
Treinta de mayo de 2009
Hace muchos años vivía en Madrid una niña que respondía al nombre de Esther. Era tan guapa, que su madre siempre le decía, que el sol brotaba todas las mañanas solo para ver su sonrisa y la luna todas las noches para vigilar su sueño.
La pequeña Esther creció rodeada de felicidad; estudió, trabajó, y cuando fue mayor se enamoró, se casó y tuvo dos hijos. Y una noche, cuando era un poquito más mayor, se le apareció en sueños un mago.
El mago le dijo a Esther que se llamaba Mirro.
Mirro no era un mago cualquiera. Era el dios de los magos, el más mágico de todos los magos del universo. Y Mirro le ofreció a Esther elegir tres deseos, fueran los que fueran, dinero, casas, coches, joyas… Lo que quisiera.
Entonces Esther le dijo que no ambicionaba dinero, ni casas, ni coches ni joyas, y le pidió al mago Mirro, que era el mago más mágico de todos los magos del universo, sus tres deseos:
Una niña que se llamara Adriana.
Que el sol acudiera a su ventana cada día para verla despertar.
Y que la luna se alzara en el firmamento cada noche para velar su sueño.
Y así sucedió. Unos meses después, cuando hacía mucho, mucho calor en Madrid, el mago Mirro cumplió lo prometido.
Con todo mi cariño, para Esther de la Oz.
martes, 16 de junio de 2009
SUZANNE
1 de mayo de 2009
Escudriñando en la Red, el otro día, recibí una mala noticia. Suzanne Pleshette había muerto. En realidad murió hace ya un año y yo no me había enterado. ¿Qué quien es Suzanne Pleshette? Para un muchacho de dieciséis años a principios de los sesenta, con los Beatles aún por conocer y con las mujeres aún por descubrir, Suzanne Pleshette representó una razón para vivir, una imagen que idolatrar, un imposible por conseguir.
Tenía los ojos más grandes y hermosos que yo recuerdo, su estatura (apenas un metro sesenta) crecía bajo su cara bellísima, su pelo corto negro y su maravillosa sonrisa. Nunca llegó a ser una diva del séptimo arte aunque trabajó toda su vida en el cine y en la televisión. Pasó desapercibida para el gran público (no para los críticos y cinéfilos de bien) en su papel de Annie Haywoth, la maestra en Los Pájaros de Hitchcock, como Kitty, la viuda que conquistó a Troy Donahue en Una Trompeta Lejana de Raoul Walsh o Prudence en Mas Allá del Amor de Delmer Davis.
Si aún así no os dice nada el nombre de Suzanne Pleshette, os voy a pedir un favor: Gastar solo unos minutos de vuestro tiempo y teclear en google su nombre. Su increíble mirada y su belleza morena os alegrarán el día.
Además de estrella de la pantalla ha sido la estrella de mis sueños de juventud.
Este es mi humilde tributo. Gracias Suzanne.
1 de mayo de 2009
Escudriñando en la Red, el otro día, recibí una mala noticia. Suzanne Pleshette había muerto. En realidad murió hace ya un año y yo no me había enterado. ¿Qué quien es Suzanne Pleshette? Para un muchacho de dieciséis años a principios de los sesenta, con los Beatles aún por conocer y con las mujeres aún por descubrir, Suzanne Pleshette representó una razón para vivir, una imagen que idolatrar, un imposible por conseguir.
Tenía los ojos más grandes y hermosos que yo recuerdo, su estatura (apenas un metro sesenta) crecía bajo su cara bellísima, su pelo corto negro y su maravillosa sonrisa. Nunca llegó a ser una diva del séptimo arte aunque trabajó toda su vida en el cine y en la televisión. Pasó desapercibida para el gran público (no para los críticos y cinéfilos de bien) en su papel de Annie Haywoth, la maestra en Los Pájaros de Hitchcock, como Kitty, la viuda que conquistó a Troy Donahue en Una Trompeta Lejana de Raoul Walsh o Prudence en Mas Allá del Amor de Delmer Davis.
Si aún así no os dice nada el nombre de Suzanne Pleshette, os voy a pedir un favor: Gastar solo unos minutos de vuestro tiempo y teclear en google su nombre. Su increíble mirada y su belleza morena os alegrarán el día.
Además de estrella de la pantalla ha sido la estrella de mis sueños de juventud.
Este es mi humilde tributo. Gracias Suzanne.
LA ÚLTIMA VIDA
Que pena de los recuerdos de la niñez, perdidos
En la cuneta de un camino cuesta arriba.
Que pena de la inocencia extraviada, para siempre
Al fondo de una vida ya vivida
Qué pena de ese amor que no fue eterno,
De esa sonrisa que huyó una madrugada,
De ese velero que atraviesa mares blancos
Que en tus pupilas crees que son montañas.
Es el momento de subir a una atalaya,
Es el momento de mirar hacia otra orilla,
Es el momento de olvidar todo el pasado.
Es el momento de inventar tu nueva vida.
Que pena de los recuerdos de la niñez, perdidos
En la cuneta de un camino cuesta arriba.
Que pena de la inocencia extraviada, para siempre
Al fondo de una vida ya vivida
Qué pena de ese amor que no fue eterno,
De esa sonrisa que huyó una madrugada,
De ese velero que atraviesa mares blancos
Que en tus pupilas crees que son montañas.
Es el momento de subir a una atalaya,
Es el momento de mirar hacia otra orilla,
Es el momento de olvidar todo el pasado.
Es el momento de inventar tu nueva vida.
A TITO
Federico Fayerman
17 de diciembre de 2006
Mi amigo Tito acaba de morir.
La última vez que le vi apenas se tenía en pie y su aliento podía inflamarse con una cerilla.
Tenía una Galería de Arte en la calle Dr. Castelo, y allí solíamos ir sus antiguos compañeros del colegio, a pasar un rato divertido con sus chistes y ocurrencias, aunque últimamente a Rosa, su mujer, que era quien realmente llevaba el negocio no le gustaba que fuéramos, ya que Tito aprovechaba cualquier ocasión para darse un homenaje en el bar de enfrente, pretextando acompañarnos a nosotros.
Pero no siempre fue así, yo le conocí cuando él tenía 9 años y yo 11 y hasta que abandoné el colegio fuimos inseparables, tanto en clase como en la calle.
Titi, que también le llamábamos así era menudo, rubio, con el pelo revuelto, orejas de soplillo, labios gruesos y siempre lucía un aire informal.
En las fotos del colegio siempre le colocaban en la primera fila para que no le tapáramos. Sus piernas delgadas y blancas sobresalían de los pantalones cortos que usábamos en aquel tiempo.
Era un golfillo. Frecuentaba los billares de la calle Menorca y se pasaba las horas jugando al futbolín a costa de los incautos que aceptaban jugar a pierde-paga.
Fue posiblemente uno de los pocos chicos que hizo novillos en nuestro colegio y fue capaz de escaparse de clase sin que le sorprendieran. No le gustaba estudiar y no estaba pendiente de ligar con las chicas a la salida de clase, cuando inundábamos la calle marqués de la Ensenada buscando la boca del metro o la parada del autobús. Prefería irse a los billares y hacer todo lo que no nos estaba permitido hacer a esa edad.
Le gustaba mucho jugar al futbol y en la plaza de París pasábamos el tiempo corriendo detrás de una pelota de tenis, regateando a las farolas y marcando goles en un portalón cerrado del Palacio de Justicia.
Tenía un hermano mayor y entre los dos le birlaban al padre dinero de la cartera, cuando se quedaba dormido después de comer, dinero que se convertía inmediatamente en tabaco y en comprar algún ejemplar de Paris-Hollywood, una revista erótica francesa a un hombre que vendía libros viejos y revistas en un carro de mano con doble fondo, en la calle Narváez.
En una ocasión me contó que ayudándose de esas revistas competía con su hermano para ver quien, desde la cama, boca arriba eyaculaba más alto.
Llevaba dos días sin fumar porque el médico se lo había prohibido por enésima vez y aunque él nunca le hacía caso, esta vez estaba intentándolo, sobre todo por Rosa.
Atravesando la Glorieta de la Iglesia, en Chamberí, camino de su refugio de Rascafría, su corazón se paró de golpe y a la vez también un poco el corazón de todos los que le conocíamos y le queríamos, seguramente por sus defectos, por su rebeldía, pero sobre todo por su increíble humanidad.
Federico Fayerman
17 de diciembre de 2006
Mi amigo Tito acaba de morir.
La última vez que le vi apenas se tenía en pie y su aliento podía inflamarse con una cerilla.
Tenía una Galería de Arte en la calle Dr. Castelo, y allí solíamos ir sus antiguos compañeros del colegio, a pasar un rato divertido con sus chistes y ocurrencias, aunque últimamente a Rosa, su mujer, que era quien realmente llevaba el negocio no le gustaba que fuéramos, ya que Tito aprovechaba cualquier ocasión para darse un homenaje en el bar de enfrente, pretextando acompañarnos a nosotros.
Pero no siempre fue así, yo le conocí cuando él tenía 9 años y yo 11 y hasta que abandoné el colegio fuimos inseparables, tanto en clase como en la calle.
Titi, que también le llamábamos así era menudo, rubio, con el pelo revuelto, orejas de soplillo, labios gruesos y siempre lucía un aire informal.
En las fotos del colegio siempre le colocaban en la primera fila para que no le tapáramos. Sus piernas delgadas y blancas sobresalían de los pantalones cortos que usábamos en aquel tiempo.
Era un golfillo. Frecuentaba los billares de la calle Menorca y se pasaba las horas jugando al futbolín a costa de los incautos que aceptaban jugar a pierde-paga.
Fue posiblemente uno de los pocos chicos que hizo novillos en nuestro colegio y fue capaz de escaparse de clase sin que le sorprendieran. No le gustaba estudiar y no estaba pendiente de ligar con las chicas a la salida de clase, cuando inundábamos la calle marqués de la Ensenada buscando la boca del metro o la parada del autobús. Prefería irse a los billares y hacer todo lo que no nos estaba permitido hacer a esa edad.
Le gustaba mucho jugar al futbol y en la plaza de París pasábamos el tiempo corriendo detrás de una pelota de tenis, regateando a las farolas y marcando goles en un portalón cerrado del Palacio de Justicia.
Tenía un hermano mayor y entre los dos le birlaban al padre dinero de la cartera, cuando se quedaba dormido después de comer, dinero que se convertía inmediatamente en tabaco y en comprar algún ejemplar de Paris-Hollywood, una revista erótica francesa a un hombre que vendía libros viejos y revistas en un carro de mano con doble fondo, en la calle Narváez.
En una ocasión me contó que ayudándose de esas revistas competía con su hermano para ver quien, desde la cama, boca arriba eyaculaba más alto.
Llevaba dos días sin fumar porque el médico se lo había prohibido por enésima vez y aunque él nunca le hacía caso, esta vez estaba intentándolo, sobre todo por Rosa.
Atravesando la Glorieta de la Iglesia, en Chamberí, camino de su refugio de Rascafría, su corazón se paró de golpe y a la vez también un poco el corazón de todos los que le conocíamos y le queríamos, seguramente por sus defectos, por su rebeldía, pero sobre todo por su increíble humanidad.
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